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jueves, 21 de marzo de 2013

Primavera de Juan Ramón

Ese sol de la infancia

Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.

Eres la primavera verdadera:
rosa de los caminos interiores
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.

¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!

Mi corazón recogerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa
tu luz se dormirá sobre mi frente...

Juan Ramón Jiménez

Pintura: Pierre Auguste Renoir, Julie Manet, también llamado La niña con el gato

miércoles, 4 de julio de 2012

Primeras palabras

“La primera obligación de una novela- no la única, pero sí la primordial, aquella que es requisito indispensable para las demás- no es instruir, sino hechizar al lector: destruir su conciencia crítica, absorber su atención, manipular sus sentimientos, abstraerlo de su mundo real y sumirlo en la ilusión. El novelista llega indirectamente a la inteligencia del lector, después de haberlo contaminado con la vitalidad artificial de su mundo imaginario y haberlo hecho vivir, en el paréntesis mágico de la lectura, la mentira como verdad y la verdad como mentira.” 

(Mario Vargas Llosa)

Dicen que la primera frase es lo más importante de un texto: si no logra capturar al lector, todo mérito posterior es vano. No estoy del todo de acuerdo con esta afirmación, pero sí creo que un inicio el inicio lo suficientemente seductor e intrigante anima a quien lo lea a avanzar hasta ell próximo párrafo.

Había una vez una revista llamada American Book Review, que publicó hace años una lista con los cien mejores inicios de novelas. En castellano, sólo tienen el honor de aparecer Gabriel García Márquez con Cien años de soledad (1967) en el puesto número 4:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.»

y Miguel de Cervantes con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) en el puesto número 27:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»

Así que he confeccionado mi propia lista con algunos de los comienzos más cautivadores que me he encontrado a lo largo de mi carrera lectora:

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.»

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo (1907-1916)

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«Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, “¿y de qué sirve un libro - pensó Alicia - si no tiene ilustraciones ni diálogos?”.»

Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

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«Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —se cumplía la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.»

Homero, La Ilíada (s. VIII a.C.?)

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«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.»

Franz Kafka, La metamorfosis (1915)

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«Dado que el hacendado Trelawney, el doctor Livesey, y el resto de los señores me han pedido que escriba todos los pormenores referentes a la Isla del Tesoro, de principio a fin, sin omitir otra cosa que la situación de la isla, y eso porque aún quedan allí tesoros por desenterrar, tomo la pluma en el año de gracia de 17… y retrocedo a la época en que mi padre llevaba la posada del «Almirante Benbow», y el viejo y curtido navegante, con el sablazo en la cara, vino a alojarse bajo nuestro nuestro techo.»

Robert Luis Stevenson, La isla del tesoro (1883)

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«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.»
  
J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951)

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.»

 Charles Dickens, Historia de dos ciudades (1859)

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«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.»

Albert Camus, El extranjero (1942)

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«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.»

Vladimir Nabokov, Lolita (1955)

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«Llámenme Ismael.»

Herman Melville, Moby Dick (1851)

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«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong.»

Isak Dinesen, Memorias de África (1937)

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«Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.»

Leon Tolstoi, Ana Karenina (1877)

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«El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo.»

Samuel Beckett, Murphy (1938) 

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Y para terminar, un comienzo que ha pasado a formar parte del lenguaje inglés como la frase canónica que se utiliza para comenzar las novelas malas. Incluso existe el “Concurso de Ficción Bulwer-Lytton”, en el que la gente trata de escribir las peores frases iniciales para novelas imaginarias:

«Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), haciendo ruido contra los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.»

Edward George Bulwer-Lytton, Paul Clifford (1830)

miércoles, 18 de mayo de 2011

Poemas del Milenio XXVI

Amy Blackwell

CANCIÓN DE INVIERNO
Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada...

Yo no sé dónde cantan
los pájaros --cantan, cantan--,
los pájaros que cantan.

(«Canciones», de La frente pensativa, 1911-1912)

Ilustración: Amy Blackwell

jueves, 24 de febrero de 2011

La Luna que cautiva

Eric Hu

Cuando parta,
dejadme ser, como la luna,
amigo del agua.

MIZUTA MASAHIDE


En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

GLORIA FUERTES


«En el majestuoso conjunto de la creacion, nada hay que me conmueva tan hondamente, que acaricie mi espiritu y de vuelo desusado a mi fantasía como la luz apacible y desmayada de la luna.» (Gustavo Adolfo Bécquer)

«Con la libertad, las flores, los libros y la Luna, ¿quién no sería perfectamente feliz?» (Oscar Wilde)

«¿Visteis la luna reflejar serena entre las aguas de la mar sombría, cuando se calma nuestra amarga pena, y siente el corazón melancolía?» (Rubén Darío)



BALADA DE LA LUNA EN EL PINO

La luna estaba en un pino,
rosa en el cielo violeta...
Hoy viene en una carreta,
muerto y sin rumor, el pino...

¿Vendrá la luna en el pino?

Sobre el polvo del camino,
¡oh, qué frescura violeta!
¡Cómo gime la carreta
por el morado camino!

¿Vendrá la luna en el pino?

¡Cuán blandamente va el pino
rozando el suelo violeta!
Llanto verde la carreta
llora, del verdor del pino...

¿Vendrá la luna en el pino?

¿Dónde está el lirio divino
de aquel naciente violeta?
¿Lleva, rosa la carreta,
como un esplendor divino?

¿Vendrá la luna en el pino?

La luna estaba en el pino;
hoy viene en una carreta,
muerto y sin rumor, el pino...

¿Vendrá la luna en el pino?

Juan Ramón Jiménez

Pintura: Eric Hu

lunes, 15 de noviembre de 2010

Poemas del Milenio X

Hans Anderson Brendekilde

OCTUBRE
Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Estaba echado yo en la tierra, enfrente
del infinito campo de Castilla,
que el otoño envolvía en la amarilla
dulzura de su claro sol poniente.

Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.

Pensé en arrancarme el corazón y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
al ancho surco del terruño tierno;
a ver si con partirlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.

("Amor", de Sonetos espirituales, 1914-1915)
Vladimir Dunjic
Pinturas:

Hans Anderson Brendekilde


Vladimir Dunjic

viernes, 5 de noviembre de 2010

Otoño



Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.

Juan Ramón Jiménez

viernes, 13 de agosto de 2010

Y mis ojos no lloran



Estoy triste, y mis ojos no lloran
y no quiero los besos de nadie;
mi mirada serena se pierde
en el fondo callado del parque.

¿Para qué he de soñar en amores
si está oscura y nuviosa la tarde
y no vienen suspiros ni aromas
en las rondas tranquilas del aire?

Han sonado las horas dormidas;
está solo el inmenso paisaje;
ya se han ido los lentos rebaños;
flota el humo en los pobres hogares.

Al cerrar mi ventana a la sombra,
una estrena brilló en los cristales;
estoy triste, mis ojos no lloran,
¡ya no quiero los besos de nadie!

Soñaré con mi infancia: es la hora
de los niños dormidos; mi madre
me mecía en su tibio regazo,
al amor de sus ojos radiantes;

y al vibrar la amorosa campana
de la ermita perdida en el valle,
se entreabrían mis ojos rendidos
al misterio sin luz de la tarde...

Es la esquila; ha sonado. La esquila
ha sonado en la paz de los aires;
sus cadencias dan llanto a estos ojos
que no quieren los besos de nadie.

¡Que mis lágrimas corran! Ya hay flores,
ya hay fragancias y cantos; si alguien
ha soñado en mis besos, que venga
de su plácido ensueño a besarme.

Y mis lágrimas corren... No vienen...
¿Quién irá por el triste paisaje?
Sólo suena en el largo silencio
la campana que tocan los ángeles.


Estoy triste y mis ojos no lloran, Juan Ramón Jiménez

Pintura: Madeline Von Foerster

viernes, 19 de marzo de 2010

Día del Padre

Infancia

¡Infancia! ¡Campo verde, campanario, palmera,
mirador de colores; sol, vaga mariposa
que colgabas a la tarde de primavera,
en el cenit azul, una caricia rosa;

¡Jardín cerrado, en donde un pájaro cantaba,
por el verdor teñido de melodiosos oros;
brisa suave y fresca, en la que me llegaba
la música lejana de la plaza de toros!

...Antes de la amargura sin nombre del fracaso
que, engalanó de luto mi corazón doliente,
ruiseñor niño, amé, en la tarde de raso,
el silencio de todos o la voz de la fuente.

Juan Ramón Jiménez, Infancia

Escuchar: Maria del Mar Bonet, Mercé

jueves, 13 de agosto de 2009

Martes y 13

Adiós, papá

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón de aquel mi huerto florido y encalado,
mi espiritu errará, nostálgico.

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

Juan Ramón Jiménez, El viaje definitivo

Escuchar: Inti Illimani, La partida

Para mi padre, que me habló de Juan Ramón y se fue tal día como hoy hace 35 años. Te echaré siempre a faltar, cada día, cada año, un poco más.

jueves, 30 de julio de 2009

El escritor interminable

El joven JRJ
Igual que Picasso no expuso todos los cuadros que pintó, Juan Ramón Jiménez no publicó todos los libros que escribió. Si el primero marcó la historia del arte del siglo XX, el segundo, igual de torrencial que su paisano, marcó la de la literatura.

Ya pasó el tiempo en que el premio Nobel de 1956, que murió exiliado en Puerto Rico, era ninguneado en su patria. Para unos no era más que el autor de "Platero y yo" ("Lo escribí a los 24 años y ninguno de sus capítulos me llevó más de diez minutos"), el libro en prosa más vendido de la literatura española después del Quijote.

Ya era hora de desmentir algunos prejuicios y etiquetas sobre si Juan Ramón era huraño, antipático, antisocial y poco amigo de la familia, el tópico del autor encerrado en su torre de marfil. Aunque, eso sí, el escritor padeció depresiones nerviosas toda su vida, y una fuerte debilidad física, además de poseer una profunda hipersensibilidad que le llevó a entrar y salir del hospital varias veces, en muchos casos por la nostalgia que tenía de su país y su familia.

Queda el poeta, el autor más influyente de la lírica española moderna. Y puede que el más prolífico. Se vive ahora un florecimiento editorial de la obra del poeta de Moguer con la reedición regular de sus obras, y Platero y yoademás se sigue estudiando el increíble legado de 130.000 papeles, disperso en dos continentes y cientos de carpetas. A finales de año habrán aparecido dos poemarios inéditos, una biografía en imágenes, dos volúmenes de correspondencia, la primera reedición en ocho décadas de sus "cuadernos" y la versión definitiva de su libro sobre la Guerra Civil, titulado "España en guerra".

Frente a los que le acusaban de dar la espalda a los problemas del mundo, sobre todo en la guerra, Juan Ramón quiso demostrar que nunca se desentendió. Abandonó España en 1936, con 55 años y una maleta. Siempre rechazó los intentos de las autoridades franquistas de capitalizar su figura, oferta de sillón en la Academia incluida, y no dejó un minuto de pensar en España, pero, republicano convencido, ni por un momento pensó en volver.

"Económicamente, la guerra nos ha dejado (desvalijados)... como a casi todo el que ha tenido vergüenza", escribió su esposa Zenobia Camprubí. El apoyo de Juan Ramón Jiménez a la República fue más allá de los manifiestos que firmó. Él y Zenobia, por ejemplo, recogieron a 12 niños abandonados. "España en guerra" fue uno de sus muchos proyectos finales. En él se recogen textos propios y recortes de prensa a los que añadía unos particulares pies de foto: "Los defensores de la 'Civilización cristiana occidental'. Chulería y taberna. La Juan Ramón y Zenobia en su exilio de Puerto Ricochulapona y los bajos. Coro", escribe bajo una foto de Franco y sus generales.

Más adelante, también se publicará "Monumento de amor", el volumen que el escritor quería dedicar a Zenobia: "Ese libro desmontará el tópico del Juan Ramón maltratador de Zenobia. De haber sido así, ella, que tenía una educación liberal moderna y pensamiento propio, lo habría abandonado", sostiene Carmen Hernández-Pinzón, sobrina-nieta del poeta y representante de sus herederos. "Claro que él sufría depresiones y que en 40 años de matrimonio hubo luces y sombras, pero vivieron el uno para el otro". Zenobia Camprubí

Aire sensual de bandolín

Muslo gris en seda rosa,
seda malva en muslo gris...
¡Oh, blancura de tu carne
bajo el verde del jardín!
Cielo azul en árbol verde,
árbol rosa en cielo azul...
¡Oh, moiré dulce del cielo
en tu vaga juventud!
Árbol verde, cielo dulce,
carne gris y seda y sol...
¡Oh, divina primavera
en mi triste corazón!

(Poema inédito De "Arte menor")

Escuchar (del disco "Raíces y Alas" con poemas de Juan Ramón Jiménez): Carmen Linares, Álamo blanco

Retrato de Juan Ramón pintado por Joaquín Sorolla

Fuente: El País

jueves, 18 de septiembre de 2008

Oí hablarme a los árboles

El gato de Juan Ramón

A
yer tarde, /volvía yo con las nubes / que entraban bajo rosales /
(grande ternura redonda) / entre los troncos constantes.

La soledad era eterna / y el silencio inacabable. /
Me detuve como un árbol / y oí hablar a los árboles.

El pájaro solo huía / de tan secreto paraje, /
sólo yo podía estar /entre las rosas finales.

Yo no quería volver / en mí, por miedo de darles /
disgusto de árbol distinto / a los árboles iguales.

Los árboles se olvidaron, / de mi forma de hombre errante, /
y, con mi forma olvidada, / oía hablar a los árboles.

Me retardé hasta la estrella. / En vuelo de luz suave, /
fui saliéndome a la orilla, / con la luna ya en el aire.

Cuando yo ya me salía, / vi a los árboles mirarme. /
Se daban cuenta de todo / y me apenaba dejarles.

Y yo los oía hablar, / entre el nublado de nácares, /
con blando rumor, de mí. / Y ¿cómo desengañarles?

¿Cómo decirles que no, / que yo era sólo el pasante, /
que no me hablaran a mí? / No quería traicionarles.

Y ya muy tarde, ayer tarde, / oí hablarme a los árboles.
Juan Ramón y Zenobia


"Árboles hombres",
de Juan Ramón Jiménez