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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los gatos de Hemingway

Herber Hofer

El artículo de ayer empezaba con uno de los inicios más famosos de la literatura norteamericana. Su autor, Ernest Hemingway, encarnó como nadie el gran mito del escritor en el siglo XX: soldado, viajero, escritor, periodista, intelectual comprometido, vividor, aventurero, alcohólico, suicida.

Hemingway es tanto el vitalismo arrollador como la agonía insuperable. Poco hombres habrán sabido dejar Harry Truman en el escritorio de Heminwaytras de sí una huella tan profunda: todos los lugares que visitó tienen una historia que contar sobre él.

Encontramos una de ellas en Cayo Hueso (Florida), en dónde el Nobel habitó junto a su esposa Pauline en los años 30. Cuenta la leyenda que un capitán de navío le regaló a Hemingway un gato llamado Snowball (sí, como el de los Simpson). El gato sufría una peculiar alteración genética conocida como polidactilia (trastorno genético por el que un humano o animal nace con más dedos en la mano o en el pie, por lo regular un dedo más), característica que transmitió a sus descendientes.

La casa se convirtió en museo y los gatos de seis dedos han formado parte estructural de ella. Desde el 2007, los gatos están ahí por ley. Florida ha votado exonerar a la casa de la norma que impide tener a los particulares más de cuatro animales domésticos, suponemos que para evitar la proliferación de coleccionistas locas de gatos, la variante americana del síndrome de Diógenes.

HemingwayHemingwayHemingway

Los gatos de seis dedos de Hemingway no verán por lo tanto perturbada su existencia. La mayoría tienen nombres famosos (Colón, Pablo Picasso, Charlie Chaplin, Audrey Hepburn,...) y son primorosamente atendidos por los responsables del museo. Todos están castrados, salvo dos machos y dos hembras que aseguran la perpetuación de los gatos de Hemingway y Polidactiliamantienen su número en aproximadamente sesenta.

Fuente: Papel en blanco

Ilustración: Herbert Hofer, Hemingway cats

Artículo relacionado: El mejor cuento del mundo

martes, 3 de noviembre de 2009

Las musas no cobran derechos de autor



A lo largo de la historia de la literatura, muchos han sido los autores cuya pasión por los gatos ha hecho que éstos se conviertan en la principal fuente de inspiración para sus obras.

Karl von BetchenB afirmó que “el gato se parece a lo que los buenos escritores quisieran ser: son independientes, puntuales, de carácter estable, limpios...”. Aldous Huxley iba aún más lejos; a un joven que quería iniciarse en la carrera literaria y que le pedía consejo, le contestó: “Si quiere usted escribir, tenga gatos”.

Lope de Vega es el poeta gatuno de nuestra literatura. Su obra épico-burlesca, La gatomaquia, publicada un año después de su muerte (1634), da fe de su inagotable inspiración poética y de sus dotes de observación del mundo gatuno en pleno siglo XVII. Este poema de celos es una parodia llena de gracia y vitalidad de la épica italiana y describe los amores sinceros que provoca la hermosa gata Zapaquilda en los gatos Marramaquiz y Micifuz:

“Entre esta generosa, ilustre gente
vino un gato valiente,
de hocico agudo y de narices romo,
blanco de pecho y pues, negro de lomo
que Micifuz tenía
por nombre, en gala cola y gallardía
célebre en toda parte
por un zapinarciso y gatimarte.
Este, luego, que vio la bella gata
más reluciente que fregada plata,
tan perdido quedó, que noche y día
paseaba el tejado en que vivía,
con pajes y lacayos de librea;
que nunca sirve mal quien bien desea”.


La gata del gran novelista inglés Charles Dickens se llamaba Willemina y sobre ella se cuenta que le gustaba estar en la mesa revolviendolos papeles mientras su amo trabajaba incansablemente, sometido a la presión de sus entregas semanales y mensuales. Se narra que la gata, cuando llegaba cierta hora de la noche, apagaba con su pata la bujía que iluminaba la mesa donde trabajaba el escritor.

El músico Domenico Scarlati (1685-1757) contaba a propósito del tema de su Fuga en sol menor: “Mi gato mostraba una predilección muy clara por el clavicordio. Paseaba sobre las teclas de un extremo a otro, volviendo sobre sus patas. A veces se detenía un poco más sobre una nota y tendía una oreja hasta que la vibración cesaba. Una noche, me había dormido sobre un sillón cuando el sonido del clavicordio me despertó. Mi gato había vuelto a emprender su paseo musical, y realmente producía una frase melódica. Cerca de mí había una hoja de papel donde transcribí lo que estaba componiendo”.

Como veis, el gato es un entusiasta amigo de escritores (Goethe, Chandler, Dante, Hemingway, Gautier, Agatha Christie, Bernard Shaw o Mark Twain, que casi siempre se fotografiaba fumando y con un gato en el regazo), de músicos (Wagner, Pau Casals), científicos (Isaac Newton)... ¡Por algo será!

Escuchar: Domenico Scarlatti, Sonata en fa menor K.466

Fuente: Royal Canin

Leer más en este blog: Literatura

martes, 28 de octubre de 2008

El mejor cuento del mundo

Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los Hemingway y sus gatos de seis dedositalianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario.
La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio.
–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.
–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.
–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito!
El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.
–No te mojes –le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.
–Il piove –expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático.
–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.
Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes.
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.
–No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.
–Ha perduto qualque cosa, signora?
–Había un gato aquí –contestó la americana.
–¿Un gato?
–Sí il gatto.
–¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír – ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?
–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.
–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.
–Me lo imagino –dijo la extranjera.
HemingwayVolvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.
–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.
–Se ha ido.
–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista.
La mujer se sentó en la cama.
–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo.
Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.
–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.
George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.
–A mí me gusta como está.
–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho.
George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.Hemingway
–¡Caramba! Si estás muy bonita – dijo.
La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.
–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.
–¿Sí? –dijo George.
–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras.
–De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza.
Alguien llamó a la puerta.
–Avanti –dijo George, mirando por encima del libro.
En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

Ernest Hemingway, Gato bajo la lluvia
Canta un ángel: Jeff Buckley, Hallelujah