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miércoles, 4 de julio de 2012

Primeras palabras

La primera obligación de una novela- no la única, pero sí la primordial, aquella que es requisito indispensable para las demás- no es instruir, sino hechizar al lector: destruir su conciencia crítica, absorber su atención, manipular sus sentimientos, abstraerlo de su mundo real y sumirlo en la ilusión. El novelista llega indirectamente a la inteligencia del lector, después de haberlo contaminado con la vitalidad artificial de su mundo imaginario y haberlo hecho vivir, en el paréntesis mágico de la lectura, la mentira como verdad y la verdad como mentira. 

(Mario Vargas Llosa)

Dicen que la primera frase es lo más importante de un texto: si no logra capturar al lector, todo mérito posterior es vano. No estoy del todo de acuerdo con esta afirmación, pero sí creo que un inicio el inicio lo suficientemente seductor e intrigante anima a quien lo lea a avanzar hasta ell próximo párrafo.

Había una vez una revista llamada American Book Review, que publicó hace años una lista con los cien mejores inicios de novelas. En castellano, sólo tienen el honor de aparecer Gabriel García Márquez con Cien años de soledad (1967) en el puesto número 4:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.»

y Miguel de Cervantes con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) en el puesto número 27:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»

Así que he confeccionado mi propia lista con algunos de los comienzos más cautivadores que me he encontrado a lo largo de mi carrera lectora:

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.»

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo (1907-1916)

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«Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, ¿y de qué sirve un libro - pensó Alicia - si no tiene ilustraciones ni diálogos?.»

Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

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«Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —se cumplía la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.»

Homero, La Ilíada (s. VIII a.C.?)

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«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.»

Franz Kafka, La metamorfosis (1915)

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«Dado que el hacendado Trelawney, el doctor Livesey, y el resto de los señores me han pedido que escriba todos los pormenores referentes a la Isla del Tesoro, de principio a fin, sin omitir otra cosa que la situación de la isla, y eso porque aún quedan allí tesoros por desenterrar, tomo la pluma en el año de gracia de 17… y retrocedo a la época en que mi padre llevaba la posada del «Almirante Benbow», y el viejo y curtido navegante, con el sablazo en la cara, vino a alojarse bajo nuestro nuestro techo.»

Robert Luis Stevenson, La isla del tesoro (1883)

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«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.»
  
J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951)

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.»

 Charles Dickens, Historia de dos ciudades (1859)

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«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.»

Albert Camus, El extranjero (1942)

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«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.»

Vladimir Nabokov, Lolita (1955)

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«Llámenme Ismael.»

Herman Melville, Moby Dick (1851)

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«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong.»

Isak Dinesen, Memorias de África (1937)

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«Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.»

Leon Tolstoi, Ana Karenina (1877)

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«El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo.»

Samuel Beckett, Murphy (1938) 

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Y para terminar, un comienzo que ha pasado a formar parte del lenguaje inglés como la frase canónica que se utiliza para comenzar las novelas malas. Incluso existe el Concurso de Ficción Bulwer-Lytton, en el que la gente trata de escribir las peores frases iniciales para novelas imaginarias:

«Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), haciendo ruido contra los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.»

Edward George Bulwer-Lytton, Paul Clifford (1830)

viernes, 29 de enero de 2010

El guardián entre el centeno

The catcher in the rye
Y dijo Holden: "Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura."

¿Conoces a Holden Caulfield? Holden es un adolescente perdido, como tantos lo hemos estado en nuestra adolescencia, como tantos lo están. Es un adolescente moderno, pese a que lo crearon en 1951. Los adolescentes de hoy también deambulan con un cigarro entre las manos buscando algo que hacer. Es un representante de esa generación que no sabe qué hacer con su vida. No le gusta el estudio y le faltan arrestos para el trabajo. Holden es el protagonista de una novela mítica, El guardián entre el centeno, en la que rememora en primera persona desde un hospital psiquiátrico los días posteriores a su expulsión del colegio.

Su autor, Jerome David Salinger falleció ayer, a los 91 años, en su casa de New Hampshire (EE.UU.), donde vivía recluído desde hace cinco décadas, cuando tras el inesperado éxito de la novela, convertida en best seller el mismo año de su publicación, 1951, decidió abandonar Nueva York e instalarse en el campo. Se acercaba así al deseo del mordaz y afilado Holden Caufield, quien en un pasaje deJ.D. Salingerl libro afirma: "me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente".

J. D. Salinger inventó una generación silenciosa de jóvenes "felices", con dinero, los primeros consumidores natos, incómodos en el nuevo bienestar de masas y urbanización de clase media, paraíso de hipermercado, patria, familia, patrimonio y religión. Contaba la tragedia y la comedia de la imparable pérdida de la inocencia, la imposibilidad de crecer sin dolor, sin romperse, el miedo a hacerse mayor porque madurar era caer en la corrupción insensible de los adultos.

Quizá parte de la fascinación que despierta este libro mítico se deba también al halo de misterio que ha rodeado a su autor. Del misterio de Salinger nunca sabremos otra cosa que lo que él mismo nos ha contado y seguramente no hay mucho más que saber. Descansa en paz, Salinger. ¡Salud, Holden!

Leer más: elpais

Escuchar: Bob Dylan, Knocking on heavens doors