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viernes, 3 de septiembre de 2010

Fashion victims

David Vela

Tengo un poco descuidada la serie dedicada a los refranes o locuciones, así que hoy lo voy a compensar con dos por el mismo precio; ambos proceden de la zona castellano-leonesa y dicen así:

1 - GATO CON GUANTES NO CAZA RATONES:

Significa que para hacer bien alguna faena no es conveniente llevar adornos que nos estorben o cosas innecesarias que dificulten su correcta ejecución. En particular se usa para criticar a los que se arreglan demasiado para un trabajo.

De este popular refrán existen varias formas alternativas:

- "Gato con guantes no caza" (así lo recoge Miguel Delibes)
- "Gato con guantes no caza ratón"
- "Gato con guantes no caza, pero amenaza" (disculpando el uso de los adornos innecesarios)

2 - HASTA LOS GATOS QUIEREN ZAPATOS:

Este es el comentario que reciben aquellos con pretensiones exageradas, que no se corresponden ni con sus méritos ni con su condición.

La señora María Moliner dice, en su Diccionario de Uso del Español, que HASTA LOS GATOS GASTAN [QUIEREN] ZAPATOS es una "frase con que se comenta que alguien pretende cosas que corresponden a mayor edad o mejor situación que las suyas".

El Diccionario de la Real Academia Española dice que HASTA LOS GATOS TIENEN ROMADIZO o TOS son expresiones coloquiales usadas "para reprender a quienes hacen ostentación de cualidades que no les son propias".

Steven Meisel

Al igual que los guantes y zapatos, los gatos, por su elegancia, son a menudo complementos ideales para la fotografía de moda. En esta fusión, a menudo el gato adquiere relevancia sobre el modelo y lo "viste" casi tanto como las prendas que se publicitan.

Esto se puede observar ya desde los primeros años de la fotografía de moda, en trabajos de algunos fotógrafos como el elegantísimo John Rawlings, el cual perteneció a la élite de fotógrafos de moda durante treinta años, con sus maravillosas fotografías para Vogue o Glamour.

John RawlingsMiles Aldridge

Otro de los grandes, Tim Walker, aprendiz con Cecil Beaton y Richard Avedon, y uno de los fotógrafos más personales y atípicos del panorama actual, utiliza la imagen del persa para sus fotografías, de las que cabe recordar la de gatos pintados de colores pastel, tan llamativas como bucólicas.

Tim Walker

También han utilizado modelos felinos el neoyorkino Steven Meisel, famoso por su colaboración con Madonna en su libro SEX, y en cuyas imágenes siempre encontramos referencias al cine, al arte y a toda clase de tendencias culturales, por polémicas que estas puedan ser, y el extravagante Miles Aldridge, reconocido por sus fotografías ultra-nítidas, artificiosas y detallistas que seducen por unos personajes que parecen habitar, en estado de alienación constante, un mundo de ficción, congelado y estático.

Ilustración: David Vela

Fotografías: Steven Meisel, John Rawlings, Miles Aldridge y Tim Walker

Fuente: La curiosidad mató al gato

viernes, 20 de agosto de 2010

Gatomaquia

Cynthia Breusch

GATOMAQUIA
Para Álvaro y Carmen Mutis este cuento que comenzó siendo carta.

Ya sé por qué, en otros tiempos, el mero atisbo de un gato negro en el camino hacía retroceder al más pintado. Sé también por qué, en el Japón, se les creía capaces de mutarse en mujeres y por qué, en muchos cuentos árabes, los genios se presentan a menudo en forma de gatos. Se engañan, diría yo, son los gatos, más bien, los que se trocan en genios para aparecerse. Porque esos sedosos canallas insumisos son todo lo que de ellos se afirma, más lo que aparentan ser y lo que en realidad son, cosa ésta que nadie logrará averiguar nunca con certeza.

A mí, hasta hace poco, sólo me inspiraban una desconfianza instintiva nacida sin duda del El paraíso de los gatossupersticioso temor que me inspira su facultad de penetrar con los ojos ahí donde la oscuridad ciega mi mirada miope. Me mortificaba también el insaciable onanismo que les hace venir, cuando les da la gana, a restregarse a nuestras piernas para acariciarse a sí mismos con una lasciva incontinencia que, bien mirada, posee todos los agravantes legales de una violación diminuta.

El hecho es que durante mis últimas vacaciones en Puerto Vallarta, en la costa mexicana de Jalisco, mi hijo Bruno, quien por su edad no está al tanto de mis anteriores objeciones, se amistó con un felino famélico de pelambre gris a rayas amarillas que ya había entrevisto yo cazando ratones por los jardines que bordean la playa del lugar, y lo introdujo sin más preámbulo en la cocina de la casa para hacerle beber un poco de leche en una escudilla que mi mujer improvisó para el caso.

Este gato, al que prefiero llamar portuario y no porteño para mantener a prudente distancia ciertas susceptibilidades sudamericanas capaces de encontrar alguna viciosa alegoría en esta crónica, empezó a maullar David Velapidiendo más leche y más comida hasta que mi esposa y yo juzgamos que se le había dado suficiente y decidimos echarlo de la casa.

El felino se marchó de mala gana, a todas luces descontento de lo que debe haber considerado una imperdonable tacañería de los humanos, sólo que minutos más tarde se presentó otro, éste de un negro alquitrán y, pese a no estar invitado, reclamó con minuciosos frotamientos, ronroneos y maullidos el mismo trato que el gato precedente. Al irse vino uno color miel y después, al partir el anterior, otro más, rojizo y manchado de oscuro. Así se fueron turnando, uno tras otro, alrededor de una media docena de gatos a cual más hambriento y exigente.

Hasta aquí el relato no parece relacionarse con las supersticiones del principio. Todo podría reducirse a una suerte de chismografía gatuna en la que el primero avisó al segundo y así sucesivamente hasta que entre todos agotaron nuestras existencias de leche y carne molida. Hubo que proveerse de más, desde luego, porque el episodio se repitió invariable durante los días siguientes: los gatos visitándonos uno a uno, sin jamás presentarse dos al mismo tiempo. Este hecho, tan peculiar de por sí, debió abrirme los ojos a la singularidad del evento pero lo cierto es que, en un principio, no recelé nada anormal.

Una tarde, poco después de la puesta de sol, hora en que los gatos solían iniciar su interminable ronda de visitas, observé por casualidad a uno de ellos introducirse tras un macizo de flores y, casi al instante, vi reaparecer otro de distinto color. Me aproximé a registrar el seto y no pude hallar rastros del primero por más que exploré entre el follaje. Me rasqué la cabeza perplejo. Ni modo que se escurriera mientras yo estaba observando. Se había desvanecido, sin más, ante mis ojos atónitos. Ya sé que de noche todos los gatos son pardos pero éste era el rojizo con manchas oscuras, imposible confundirlo con el gris de rayas amarillas que advertí deslizándose tras las bugamvilias.

Gato tatuadoEsta constatación me llenó la cabeza de dudas. Recordé, consternado, la bien documentada connivencia entre gatos y magos. Se me ocurrió que, después de tantas generaciones de servir como mascotas a nigromantes y hechiceros, bien podían haber aprendido algunos trucos. Una sospecha me cruzó entonces por la mente. Una sospecha que, por lo descabellada, no participé ni a mi mujer ni a mi hijo. Me vino a la memoria que si bien es cierto que en una época los adoraron en Egipto, también es cierto que en otra, posterior, los inventariaron en París. Esa preocupación de los franceses por determinar su exacto número me proporcionó la clave del enigma: ¿cómo es que, a pesar de las constantes visitas vespertinas del clan felino a nuestra casa jamás les habíamos visto juntos?

Gato mundi
Llegué a la conclusión de que estábamos siendo embaucados (literalmente engatusados) por un solo felino insaciable mostrándose a voluntad bajo diferentes aspectos. Por eso cuando Bruno, seducido por los ronroneos de aquel tramposo atigrado, insistió en adoptarlo, yo me opuse temiendo adquirir una voraz tribu de mutantes camuflándose bajo una sola apariencia, o viceversa. Sin embargo, Lorenza, mi esposa, se alió con su deseoso vástago y, a pesar de mis protestas y objeciones, decidieron llevárselo consigo.

Gato ilusionistaPor suerte el gato pareció anticipar sus intenciones, no por afectuosas menos aviesas. Estoy convencido de que prefirió la soleada costa del Pacífico a los duros fríos invernales de la glacial Europa, sobre todo si se puso a considerar la pertinaz lluvia a la intemperie sobre los tejados parisinos. El caso es que desapareció como por ensalmo, sin prevenir a nadie ni dejar pista alguna sobre su posible paradero.

Gato matrioskaLo que no se explican ni mi mujer ni mi hijo, a quienes jamás puse al tanto de mi descubrimiento, es que al irse ese gato ningún otro haya vuelto a poner pata en el hogar a pesar de la mañosa escudilla desbordante de leche que colocaron como señuelo ante la puerta. A Bruno le decepcionó esa falta de fidelidad felina pero a fin de cuentas aprendió algo importante: el hombre propone y el gato dispone. Tendrá que conformarse con el perrazo que ya poseemos en París.

Gato camaleónYo guardé el secreto de aquel gato de Puerto Vallarta, empeñado en vivir sus siete vidas en forma simultánea, alternando sus pelambres de acuerdo con su humor o sus necesidades, hasta el día en que agotará por completo los disfraces con una muerte única. En eso no difiere de los escritores que conozco, capaces todos de llevar, a través de una abigarrada multitud de personajes inventados, una existencia plural y aventurera desde la precaria certidumbre de una sola vida.

Gato pájaroDe vuelta en París, me ocurre a veces acariciar al perro mientras pienso con nostalgia en aquel enigmático felino mexicano. Cada quien tiene los animales que merece, y yo, a pesar de los gatos de Mutis, del mítico Teodoro W. Adorno de Cortázar y del Zorba de Sepúlveda, no estoy descontento de mi perro. El gato, si la memoria no me engaña, fue, junto con la serpiente, el único animal que no se dolió por la muerte de Buda.

Antonio Sarabia París, Abril de 1995

Pinturas: Cynthia Breusch, Remedios Varo, David Vela, Carlos C. Laínez

Fuente: Inventario

lunes, 18 de mayo de 2009

Cerrado por defunción

David Vela
Ha muerto el poeta uruguayo Mario Benedetti. Ya lo decía él: la muerte es una joda...

«Gerardo: ¿qué tal? Estoy en México, Distrito Federal, o mejor dicho DF, para evitar la rima en la prosa, algo que, según recuerdo, figura entre tus alergias de lector. Hace quince días que llegué y tal vez me quede (ya te indicaré más adelante el porqué de esa inseguridad) quince días más.

Como siempre que me sumerjo en esta combinación de historia precolombina y contaminación poshispana, ya me desmayé en dos ocasiones (una vez fue en la bañera y otra junto a la cama de este simpático hotel de tres estrellas), sin que nadie acudiera a socorrerme, y al cabo de cinco o diez minutos (no llevo conmigo un desmayómetro) resucité sin mayores consecuencias físicas. Y digo físicas, porque cada vez que me desmayo en México (en otros puntos del planeta sólo me desmayé una vez: a la vista del óleo con los zapatos de Cézanne, pero fue de emoción incontrolada), digo que cada vez que me desmayo en México, DF, tengo la impresión de que en el alma me sale una verruga.

Vos que sos licenciado en psicología tal vez puedas responderme: ¿existen las verrugas espirituales? Ustedes no las llaman así, ya lo sé, sería demasiado comprensible para vuestros inermes pacientes, pero yo, como no-licenciado en psicología, las llamo verrugas y se acabó.

Los yanquis son la otra contaminación de esta ciudad, en la que uno tiene la impresión de que vive media humanidad y que siempre está cubierta de humo o de bruma o de neblina, me gusta la gente, ufana y desenvuelta, con un enigmático mohín indígena, habituada al inevitable deterioro de sus pulmones y a la comparecencia pretérita y actual (y casi seguramente venidera) de los vecinos del norte que les robaron buena parte de su territorio. Los yanquis son en México la otra contaminación. Los aman y los odian. Es tan raro, che. Tengo aquí amigos entrañables a los que nunca les digo ni les escribo semejantes pelotudeces, acaso injustas.

Sé que no escribís a los amigos (y menos aún a los enemigos), me consta que sos un estreñido postal, pero ahora que la humanidad se ha vuelto cibernauta, podrías agenciarte un modesto Windows 95 (todavía no el 98) para hacernos saber, en uso y abuso del e-mail, de tu vida, y milagros, de tu tenaz y casi fanática solteronía, de tu siempre actualizada profesión, que tanta atracción ejerce sobre inexpertos catalanes y madrileños. Ya sé que los analistas porteños han copado el mercado peninsular, pero vos te metiste de a poco en ese ruedo casi exclusivo y ya tenés más pacientes (y sobre todo impacientes) que los coleccionados por el viejito Freud en su largo campeonato.

Pero ahora te estampo una consulta en serio, cuya respuesta a distancia confío no genere honorarios, debido 1) a nuestra larga, fecunda y leal amistad, 2) a que los giros bancarios suelen extraviarse, y 3) a que nunca creí demasiado en el psicoanálisis. Carajo, pensarás con toda razón, ¿y entonces para qué me consulta este tilingo? Bueno, en realidad este tilingo te consulta, no como reputado profesional, sino como amigo del alma, alma que en mi caso es más tacaña que mi esqueleto, pero mucho más sabia. La pregunta es la siguiente: ¿a qué altura de la existencia puede aparecer la obsesión de la muerte?

Pavada de pregunta, ¿no? Te confieso que nunca tuve ese metijón premortuorio. Siempre me desenvolví como si fuera eterno, es decir inmorible, un neologismo que me parece más adecuado a mi caso.

Nunca padecí esa angustia, mejor dicho, nunca hasta hace dos meses, o sea hasta mis 54 años recién cumplidos, cuando detecté un dolorcito estúpido en mi flanco izquierdo, y, por segunda vez en mi vida (la primera fue a los doce años, cuando tuve la tos convulsa) fui atendido por un médico, quien, tras hacerme varios análisis clínicos y ecografías, me volvió a citar en su consultorio, y allí, tras repantigarse como un gorila en un sofá francamente repulsivo y dedicarme una sonrisa odiosa, me espetó, escuetamente y sin anestesia, que el resultado de tantos exámenes era que yo tenía cáncer, y luego, sin darme ni un minuto de tregua, completó su diagnóstico augurándome que en el mejor de los casos me quedaban unos seis meses de roñosa vida.

Mario Benedetti ¿Qué tal, pibe? Por eso me vine a México, DF, ansioso por desmayarme por última vez en tierra de Pancho Villa y del subcomandante Marcos.

Ante semejante futuro ignominioso tal vez te sorprenda el tono bienhumorado y hasta jodón de mi misiva, pero no me creas. Es puro teatro. Desde cualquier ángulo que la mires, la muerte es una joda. En el fondo me siento como un escombro finisecular y prematuro. Te diré que lloro promedialmente cinco horas por noche. A veces seis. Mi última confianza es que en mi próximo desmayo mexicano no me despierte en esta confortable habitación 904 sino a la vera de San Pedro. Porque sigo convencido de que Dios no existe pero San Pedro sí. A la espera de tu carta de consuelo, aquí va un abrazote casi póstumo de tu amigo de siempre y hasta nunca, Juan Andrés. »

Ilustración: David Vela


Más artículos con Mario Benedetti:

domingo, 7 de diciembre de 2008

Gatos versus matrimonio

Compuesta y sin novio, ¡pero al menos tiene los gatos!
GraphJam es un sitio de humor inteligente (los de microsiervos lo califican de "cultura pop") creado a partir de una idea bien sencilla: gráficos estadísticos que revelan alguna oculta verdad del MundoReal™ en cualquiera de sus vertientes (el rigor científico no es imprescindible, ni mucho menos).

La gente colabora enviando sus ingeniosas ideas sin necesidad tampoco de ser un genio del dibujo. Es el tipo de sitio en el que te puedes pasar un rato partiéndote de risa, aunque puede que haya a quién no le haga la más mínima gracia.

A ver qué os parece éste: "Potencial matrimonial según el número de gatos que posea la mujer". O sea, que cuántos más gatos tengas, menos posibilidades tienes de casarte. Si no tienes gatos tienes hasta un 80% de posibilidades, si tienes 30 olvídate, jeje...

Gatos vs. matrimonio

Ilustración: David Vela

Canta: Pablo Milanés, Yo no te pido

Visto en: microsiervos