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miércoles, 22 de febrero de 2012

En el café de la juventud perdida

Editorial Anagrama, En el café de la juventud perdida

«A mitad del camino de la verdadera vida, nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida.»


Con este epígrafe esclarecedor de Guy Debord, se inicia esta pequeña gran novela de Patrick Modiano, En el café de la juventud perdida.

«No hay mejor sistema para que se desvanezcan los fantasmas que mirarles a los ojos.»

Argumento: París, años 60. En el café Condé (“Según iba cayendo el día, se convertía en el punto de cita de eso que un filósofo sentimental llamaba la juventud perdida.”) se reúnen poetas maldi­tos, futuros situacionistas y estudiantes. Y aunque la nostalgia de aquellos años perdidos parecería ser el tema central de la novela, su autor le da un Guy Debord, Michele Berstein y otros situacionistasgiro sor­prendente. Porque En el café de la juventud perdida es también una novela de misterio: todos los personajes y las historias confluyen en la enigmática Louki, una muchacha atractiva y enigmatica que un día aparece en el local, y en poco tiempo se erige en el centro de las miradas e interrogaciones.

«A veces se te oprime el corazón cuando piensas en las cosas que habrían podido ser y que no fueron.»

Modiano recrea alrededor de la fasci­nante y conmovedora figura de Louki, el París de su juventud, al mismo tiempo que construye una hermosísima novela impregnada de lirismo y melancolía, sobre el poder de la memoria y la búsqueda de la identidad.

«Y además, si toda aquella época sigue aún muy viva en mi recuerdo se debe a las preguntas que se quedaron sin respuesta.»

En esta breve novela que se lee en un suspiro, Modiano apuesta por una estructura poliédrica para componer el cuarteto de cuerda de una época difunta. Cuatro hombres nos cuentan sus encuentros y desencuentros con la mujer. Para casi todos ellos, la chica encarna el inalcanzable Robert Doisneauobjeto del deseo. Louki, como todos sus compañeros de vaga­bundeo por un París espectral, es un personaje sin raíces, que se inventa identidades y lucha por construir un pre­sente perpetuo. Los monólogos reflejan admirablemente tanto la psicología e inquietudes del narrador de turno ( el estudiante, el detective, el escritor frustrado...) como de su objeto de estudio: la muchacha misteriosa que acude al local.

«- Uno intenta crearse vínculos, ya me entiende…

Sí, claro que lo entendía. En esa vida que, a veces, nos parece como una gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos que sean más estables los encuentros azarosos.»

En un alarde sorprendente, Modiano también incluye el monólogo, inesperado y trepidante, de Louki, la observada, y nos alumbra las sombras de una vida que guarda ciertas similitudes con la del propio autor: fractura familiar, desarraigo, huida perpetua… Modiano plantea la indagación sobre una mujer sin importancia, pero que ha dejado huella en quienes la conocieron. Las espléndidas pinceladas sobre París, marca de la casa, mantienen ese claroscuro de las zonas neutras de la gran ciudad, allí donde los destinos se cruzan y donde surgen los amores y los enigmas sin respuesta. (El autor define las zonas neutras como Cosas raras, no mans land, lugares imposibles de definir con precisión, barrios en los que uno no sabe si está o no en París, espacios que no se corresponden con su entorno, zonas fuera de lugar, incoherentes.)

«Siempre he creído que hay lugares que son imanes y te atraen si pasas por las inmediaciones. Y eso de forma imperceptible, sin que te lo malicies siquiera. Basta con una calle en cuesta, con una acera al sol, o con una acera a la sombra. O con un chaparrón. Y te llevan a ese lugar, al punto preciso en el que debías encallar.»

La novela también nos habla sobre el Paris de los sesenta, sobre “la rive gauche”, sobre tantas dudas que había entonces y que todavía no se han resuelto: el amor, el arte, la culpa. Un París fantasmal, gris, como los personajes que transitan por él. Otro París, poco mítico, desconocido, nocturno e inhóspito. Louki desde muy pequeña, va al cine sola, a que le cuenten historias que le muestren que el mundo es diferente y que, por ello, merece la pena vivirlo.

«¿Qué? ¿Encuentra algo que la haga feliz?»

En el café de la juventud perdida asistimos a la extraordinaria ocurrencia generacional de Robert Doisneauun perpetuo descubrimiento sin búsqueda y de una infinita búsqueda sin descubrimientos. Es el espléndido rompecabezas de un espejo roto en mil pedazos -las huellas caducas de vidas desgastadas y memorias heridas-, en donde cada huida hacia delante conlleva alguna forma de regreso y toda resolución del enigma nos acerca a la fascinación sombría del error y el fracaso. Y las ausencias hipnóticas escondidas entre las páginas de esta hermosísima novela dibujan un laberinto cautivador e inquietante, del cual resulta muy difícil poder salir.

«No hay nada que entender… Cuando de verdad queremos a una persona, hay que aceptar la parte de misterio que hay en ella… Porque por eso es por lo que la queremos, ¿verdad, Roland?»

Además de la fascinación por una mujer misteriosa, la novela aborda la falta de vocación, la desazón existencial, la necesidad de ser amado y el pánico a la soledad. Sus personajes nos resultan tan cercanos que a todos deseamos abrazarlos. Porque la tristeza habita en el paraíso. Porque las mujeres fascinantes esconden grandes maletas de dolor, a veces de un modo inexplicable. Porque como demostraba Otto Preminger en Laura, la fascinación puede ser gratuita. Y compleja. No hay azar. Hay determinismo. Y no hay nada más dramático que conocer el propio destino o aceptarlo en un París gris, triste y lluvioso, sin bohemia, sin torre Eiffel y sin foto de Doisneau.

«Ya está. Déjate ir.»
Robert Doisneau
Fotografías 3, 4 y 5: Robert Doisneau

Fuentes:
Revista Clarín
Al calor de los libros
Anchoas y Tigretones

viernes, 13 de febrero de 2009

Queremos tanto a Julio

El gran cronopio
Ayer se cumplieron 25 años de la muerte de
Julio Cortázar en París. Va por ti, maestro...
«Poco antes de morir, Julio Cortázar hizo un viaje por España, poseído por la melancolía desconsolada producida por la muerte de su última mujer, Carol Dunlop; estuvo con amigos suyos en Segovia, fue abordado por guardias civiles que querían su autógrafo, y pasó por Madrid y Barcelona. En Barcelona tuvo un encuentro que él contó luego en una de las últimas entrevistas que dio, a The Paris Review.

Contaba en esa entrevista Cortázar que en el barrio gótico de la Ciudad Condal se había detenido a escuchar un concierto de una joven que cantaba como Joan Baez. Escondido en la oscuridad de la calle, harto de que le abordaran para tener su autógrafo, este hombre de casi dos metros se vio asaltado por un joven que le ofreció una torta. "Julio, toma un pedazo", le dijo el chico.

Cortázar se hizo a un lado; era, desde que fue un chiquillo, un hombre tímido; no le gustaban las fiestas ni los saraos literarios; por no estar en ningún sitio fijo fue capaz de renunciar incluso a los empleos Loco por el jazzfijos. Así que allí estaba, en Barcelona, tímido siempre, y enfermo, escuchando a una chica que cantaba como Joan Baez, y deseando desaparecer del camino del joven que le ofrecía el pastel. Hasta que se convenció de que debía tomarlo. Y le dijo al chico: "Muchas gracias por acercarte y convidarme".

Fue entonces cuando el joven le dijo a Julio Cortázar lo que muchos de los que lo leímos le hubiéramos dicho en ese sitio o en el limbo si existiera y fuera el sitio donde ahora estuviera mirando: "Pero, escucha, te di muy poco comparado con lo que tú me diste a mí".

Julio le dijo: "No digas eso, no digas eso", y le comentó después a quien le hizo esta entrevista (Jason Weis), quizá la penúltima: "Y nos abrazamos y él se alejó. Bien, cosas como éstas son las mejores recompensas de mi trabajo como escritor. Que un muchacho o una chica se acerquen a hablarme y a ofrecerme un pedazo de torta, es maravilloso. Así vale la pena el trabajo de escribir".

Fuente: elpais.com, Juan Cruz, La plenitud intermitente de Rayuela.



«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua

(Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 7.)

Fotografía: Robert Doisneau, El beso del Ayuntamiento (Le baiser de l’hôtel de ville)

Escuchar: Joan Baez, Farewell Angelina