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martes, 5 de noviembre de 2013

Camus, mi padre



Hasta que murió, no supe que papá era célebre. Lo entendí a su muerte. Es desagradable. Para mí, era mi padre. Gracioso, tan gracioso. Adoraba su risa. Para los demás, Albert Camus era un mito, no un padre. La fama, de la que yo no era consciente y de la que siempre nos preservó, cayó sobre mi hermano y sobre mí y nos aplastó. Yo tenía 14 años. Nadie, pero nadie, pensó que pudiera sentir pena. Ni siquiera mamá, destrozada. Inmediatamente después de la muerte de papá, me dijo que habría que operar a Ágata, la gata que papá me regaló cuando yo era pequeña. Aún me parece oírle canturrear: "Ágata, mi gata, que tiene unas bonitas patas…". Siempre tuvo gatitos -hasta los gatos eran libres en casa-, y nos quedábamos con las crías durante dos meses antes de regalarlas. Yo adoraba los gatitos. Mamá me dijo: "¿Qué vamos a hacer con ellos? Tu padre los regalaba. A nosotras no nos los aceptarán". Tenía razón. Comprendí entonces la vida. Y mamá hizo que operaran a la gata.

Se me planteaba un problema cuando en la escuela me preguntaban por el oficio de mi padre y yo respondía "escritor". Carpintero es un oficio, ¿pero escritor? Un hombre que se queda en casa para "hacer garabatos" en su despacho es algo muy parecido a gandul… Nos decían que no le molestáramos. Cuando lo hacíamos, casi nunca le importaba. Atento, severo también, sobre la forma de comportarse, de comer y sobre el respeto hacia los demás. Prefería con mucho las cachetadas de mi madre o de mi abuela. Cuando hacía una tontería, sabía el precio. Pagaba y, tranquilamente, volvía a empezar de cero. Con papá, bastaba una mirada de sus ojos verde marrón y de algunas palabras para que me sintiera a ras del suelo. Cuando le dije que quería hacer mi primera comunión, me preguntó si era porque creía en Dios o porque deseaba una ropa bonita y algunos regalos. De inmediato, comprendí que había cedido. "¿Crees que vas a estar guapa?" Para él, si teníamos un techo y libros, poseíamos todo lo que necesitábamos. En casa no sabíamos qué era lo superfluo. Había que pedir regalos útiles. Una cartera para Navidades, incluso una bonita cartera, no era algo desmesurado. El último regalo de cumpleaños que me hizo mi padre fue un buró. Un hermoso buró, por supuesto… Cuando estuve muy enferma, me regaló un tocadiscos. No era su estilo y por eso me convencí de que iba a morir.

Había una señora que ayudaba a mamá. Nosotras hacíamos las camas, limpiábamos los zapatos y estábamos al servicio de esa señora. Era normal. De manera indirecta, mi padre quería que le manifestáramos el respeto por el oficio de su madre: mujer de la limpieza. Pobres, muy pobres, ni siquiera sabían que existía otra cosa. En algún lugar mi padre escribió que "la inteligencia de los oprimidos va a lo esencial". Lo esencial, en este caso, era saber si tenían el suficiente dinero para comer. No mañana, sino la misma noche. Era un mundo reducido, replegado, él se encontraba mejor fuera que dentro. Es un muchacho de Belcourt. Con sus compañeros, iba detrás de la carreta del señor Galoufa, el hombre de la perrera, para liberar a gatos y perros vagabundos. Al igual que todos los del barrio, hablaba el pataouète, el dialecto de los franceses de Argelia. El francés para él fue una conquista. ¡A los once años!, acaba la escuela primaria: su abuela quiere que trabaje para aportar algún dinerillo a la casa. Sin embargo, su maestro, Louis Germain, se había fijado en mi padre. Aboga por él y gana: papa estudiará. En el instituto y por primera vez conoce la injusticia. El barranco entre el mundo de los demás y el suyo. Más adelante, será lo mismo en Saint-Germain-des-Près. Le miran como a un piojoso y mi padre no se veía como un piojoso. Era fuerte de espíritu, pero la injusticia siempre está presente. En las fotos, la mayoría de los alumnos llevaban chalinas, esas corbatas de grandes nudos. Él no. Libre ya. Nació a la vida, creo, cuando más adelante dijo que "está la belleza y los humillados" y que no quiere "ser infiel ni a la primera ni a los segundos".

A los 17 años empezó a escupir sangre. Tuberculosis. Enfermedad mortal, enfermedad vergonzante. En esa época los tísicos se morían y eran tratados como apestados. Hasta entonces no había tenido nada, pero tenía la vida. Le parecía natural. Pero supo que incluso la vida no era tan normal. Se ve obligado a abandonar el fútbol que tanto le gustaba. Era portero. Lo llamaban "A ras de tierra", porque tardó en crecer. La playa de Sablettes, el mar, el sol y un increíble sentimiento de libertad en el que se mezclan el cuerpo de las mujeres, el compromiso y, desde entonces, el teatro. Y el periodismo en Argel républicain. Más adelante, escribió: "La pobreza, al principio, no fue una desgracia para mí: la luz repartía sus riquezas".

A los 23 años, y eso parece increíblemente moderno en la sociedad colonial de los años 1930, alquila una casa junto con tres mujeres, dos de ellas homosexuales. Una casa con terraza sobre la bahía de Argel. Tiene un perro, Kirk, en homenaje a Kierkegaard. Decidió que iba a escribir. Por primera vez, publica El revés y el derecho, con una tirada de 350 ejemplares. A través de una amiga de Orán conoció en 1937 a mi madre, Francine Faure. Mamá estudiaba Matemáticas en Argel. Era pianista. Nunca me contó nada de sus primeros años con mi padre. Solo sé que siempre le quiso. Creo que él también. Hubo otras mujeres y otros amores, pero nunca la dejó. Creo que eran profundamente amigos y solidarios. Les veían como hermanos. Pienso que no era muy feliz, pero no creo que mi padre fuese el único responsable. Me dijo que siempre se habían querido y que nunca se trató de algo mediocre.

El 1 de noviembre de 1936, fundó con su amigo Pascal Pia el periódico Argel républicain. Sirvió para comer pan y sardinas… Allí publicó su serie de reportajes Miseria en la Kabilia. Se interesa por la justicia, las injusticias, los sucesos. No se lo perdonaron. Censuraron el periódico. No encuentra trabajo y se ve obligado a abandonar Argelia y marcharse a París en 1940. Trabaja en Paris-Soir, periódico "deslocalizado" en Lyon, ciudad en la que se casan mis padres. Los empleados del periódico le regalan a mamá un ramo de violetas.

Papá, víctima de una recaída de la tuberculosis, se ve obligado a instalarse en la región de Chambon-sur-Lignon, en el Pannelier. En las granjas de los alrededores, 5000 niños judíos serán ocultados y salvados por los campesinos. La Resistencia está por los alrededores y papá se une a ellos: "Lo pensé mucho y lo hice con plena conciencia, porque era mi deber". Se compromete con el movimiento Combat de Henri Frenay. Fue, al mismo tiempo, lector en la editorial Gallimard y editorialista del periódico clandestino. El riesgo era enorme. Dispone de papeles falsos bajo el nombre de "Albert Mathé", natural de Épinay-sur-Orge, hijo de Jacques y Madeleine, de profesión "redactor". Amigos suyos fueron detenidos, deportados. Algunos no regresaron. Por eso siempre dijo que no quería ser condecorado con la medalla de la Resistencia.

En 1944, mi madre conoce a María Casares. Trabajan juntos en el teatro. Su pasión amorosa es devoradora. Cuando mamá regresa de Argelia, ni mi padre ni mi madre saben cómo será el reencuentro. André Gide le alquila un piso a mi padre en la calle Vaneau. Mamá me contaba que hacía tanto frío que se formaba hielo entre las ranuras del parqué. Como quiera que fuese, mis padres debieron reencontrarse, puesto que algunos meses más tarde, en septiembre de 1945, nacimos mi hermano gemelo Jean y yo.

Papá sigue escribiendo sus libros, sus obras de teatro. María interpreta. No es asunto mío, es la vida. En casa nunca oí una sola palabra contra María. La conocí por los años 80, tras la muerte de mi madre. Yo estaba en Niza donde ella interpretaba una obra. Le envié un recado al teatro. Hablamos mucho. Nos sentíamos bien juntas. Era tan viva, cálida, alegre. Comimos chocolate. Fumaba y tenía unos accesos de tos espantosos. Al apagar un cigarrillo, de inmediato encendía otro. Mi padre y ella se parecían. Tenían el mismo amor loco por la vida, a pesar de los pesares. Resistían y la aprovechaban.

Tras la Liberación, mi padre se ve mucho con Sartre y con Beauvoir. En Saint-Germain-des-Près era una fiesta continua, bailaban y también se emborrachaban. Sin embargo, mi padre siempre tuvo la impresión de desentonar entre ellos. Es mediterráneo, nunca estudió en la École Normale y su origen no es burgués. No es del todo falso le hecho de que Sartre lo tratara de "golfillo de las calles": tenía la impresión de que se encanallaba al estar junto a su compañero Camus.

Mire esa foto de Brassaï: mi padre había puesto en escena una obra de Picasso, El deseo atrapado por la cola. Ahí están Lacan, Cécile Eluard, Picasso, Valentine Hugo, los Leiris, Sartre y Beauvoir. ¿Hacia quién dirige la mirada mi padre? Al perro.

Escribir es exponerse al malentendido y no a ser entendido. Mi padre lo sabía. Yo era una niña, pero sentía la agresividad a su alrededor. En 1951, con El hombre rebelde sacude un tabú. En aquella época no se podía uno meter con la Unión Soviética, aunque todo el mundo sabía de la existencia del gulag. Lo hacían, según decían, en nombre de la buena causa. Se callaban. Él decidió hablar. Y eso no gusta. Un día -más adelante, comprendí que fue después de la terrible polémica con Les Temps modernes cuando Francis Jeanson, por orden de Sartre, machacó el libro con increíble violencia-, un día, digo, me encuentro a mi padre en el salón, sentado en un sillón y con la cabeza gacha. Le dije: "¿Estás triste, papá?". Levanta la cabeza, me mira a los ojos y me contesta: "No, estoy solo". Nunca lo he olvidado, de tanto cómo me sublevaba. No sabía cómo decirle que conmigo no podía estar solo.

Cuando le dieron el Nobel, le pareció que era demasiado joven. "Personalmente, habría votado por Malraux". Ese día, en el instituto, todo el mundo me miraba de una forma extraña. Le pregunté a una compañera si yo tenía el dobladillo descosido o algo raro. Se rió: "¡Apareces en el Paris-Match!" A mí el Paris-Match no me decía nada. No se leía en casa. No medí lo que pasaba. Mi padre se negó a llevarnos a Estocolmo a mi hermano y a mí, porque no veía la razón por la que la Academia Nobel debía pagarnos el viaje. Alquiló un esmoquin y le regaló a mamá un precioso vestido de color marfil de Balmain. Lo conservo y está un poco más color crema. Se fueron a Estocolmo ante los ojos del mundo entero. Dedicó su discurso a Louis Germain, su maestro de Argel.

Tenía su escritorio en la habitación. Papá escribía de pie, con tinta negra o azul. Pero es aquí en esta terraza, sentado en el suelo, por la mañana temprano, donde escribió El primer hombre. Frente al ciprés que sigue estando ahí.

Declaraciones de Catherine Camus recogidas por Agathe Logeart para Le Nouvel Observateur (19-XI-09). Traducción de Antonio Álvarez de la Rosa.

Fuente: laopinion.es 

¡Gracias, Noemí!

lunes, 4 de noviembre de 2013

En el aniversario de Camus



A veces ando por ahí compadeciéndome, al tiempo que un fuerte viento me eleva por el cielo.

Proverbio Ojibwe

martes, 25 de septiembre de 2012

Vive la France!








































Alain Delon, Albert Camus, Colette, Laetitia Casta, Georges Brassens, Jean Pierre Melville, Capucine, Jacques Prévert, Charles Baudelaire, Henri Matisse, Françoise Dorléac, Catherine Deneuve, Brigitte Bardot, Françoise Sagan, Georges Perec, Édith Piaf, Maurice Chevalier, Michèle Morgan, Karl Lagerfeld, Sylvie Vartan, Jeanne Moureau, Dominique Sanda, Isabelle Huppert, Stéphane Audran y Claude Chabrol, Leslie Caron, Boris Vian, Balthus, Simone Simon, Jean Cocteau, Amélie Poulain, Anna Karina, Sophie Marceau

miércoles, 4 de julio de 2012

Primeras palabras

La primera obligación de una novela- no la única, pero sí la primordial, aquella que es requisito indispensable para las demás- no es instruir, sino hechizar al lector: destruir su conciencia crítica, absorber su atención, manipular sus sentimientos, abstraerlo de su mundo real y sumirlo en la ilusión. El novelista llega indirectamente a la inteligencia del lector, después de haberlo contaminado con la vitalidad artificial de su mundo imaginario y haberlo hecho vivir, en el paréntesis mágico de la lectura, la mentira como verdad y la verdad como mentira. 

(Mario Vargas Llosa)

Dicen que la primera frase es lo más importante de un texto: si no logra capturar al lector, todo mérito posterior es vano. No estoy del todo de acuerdo con esta afirmación, pero sí creo que un inicio el inicio lo suficientemente seductor e intrigante anima a quien lo lea a avanzar hasta ell próximo párrafo.

Había una vez una revista llamada American Book Review, que publicó hace años una lista con los cien mejores inicios de novelas. En castellano, sólo tienen el honor de aparecer Gabriel García Márquez con Cien años de soledad (1967) en el puesto número 4:

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.»

y Miguel de Cervantes con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605) en el puesto número 27:

«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.»

Así que he confeccionado mi propia lista con algunos de los comienzos más cautivadores que me he encontrado a lo largo de mi carrera lectora:

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.»

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo (1907-1916)

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«Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada: una o dos veces se había asomado al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, ¿y de qué sirve un libro - pensó Alicia - si no tiene ilustraciones ni diálogos?.»

Lewis Carroll, Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865)

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«Canta, oh musa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —se cumplía la voluntad de Zeus—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.»

Homero, La Ilíada (s. VIII a.C.?)

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«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.»

Franz Kafka, La metamorfosis (1915)

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«Dado que el hacendado Trelawney, el doctor Livesey, y el resto de los señores me han pedido que escriba todos los pormenores referentes a la Isla del Tesoro, de principio a fin, sin omitir otra cosa que la situación de la isla, y eso porque aún quedan allí tesoros por desenterrar, tomo la pluma en el año de gracia de 17… y retrocedo a la época en que mi padre llevaba la posada del «Almirante Benbow», y el viejo y curtido navegante, con el sablazo en la cara, vino a alojarse bajo nuestro nuestro techo.»

Robert Luis Stevenson, La isla del tesoro (1883)

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«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.»
  
J. D. Salinger, El guardián entre el centeno (1951)

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«Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.»

 Charles Dickens, Historia de dos ciudades (1859)

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«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.»

Albert Camus, El extranjero (1942)

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«Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.»

Vladimir Nabokov, Lolita (1955)

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«Llámenme Ismael.»

Herman Melville, Moby Dick (1851)

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«Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong.»

Isak Dinesen, Memorias de África (1937)

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«Todas las familias dichosas se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera.»

Leon Tolstoi, Ana Karenina (1877)

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«El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo.»

Samuel Beckett, Murphy (1938) 

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Y para terminar, un comienzo que ha pasado a formar parte del lenguaje inglés como la frase canónica que se utiliza para comenzar las novelas malas. Incluso existe el Concurso de Ficción Bulwer-Lytton, en el que la gente trata de escribir las peores frases iniciales para novelas imaginarias:

«Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto a intervalos ocasionales, cuando la interrumpía una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde transcurre nuestra escena), haciendo ruido contra los tejados y agitando fieramente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad.»

Edward George Bulwer-Lytton, Paul Clifford (1830)

miércoles, 16 de marzo de 2011

Políticos

Logo Blog Noticias Gato Malo

«Aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti.» (Yves Montand)

«Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados.» (Napoleón Bonaparte)

«La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos. (Parménides de Elea)

«La política ha dejado de ser una política de ideales para convertirse en una política de programas.» (Enrique Tierno Galván)

«Para mí, la política no es más que la búsqueda del poder privado por parte de determinados individuos. Pueden disfrazarlo con cualquier ideología, ponerlo en los términos de las estupideces románticas o filosóficas que quieran, pero en esencia es una búsqueda privada del poder.» (Jim Morrison)

«La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados. (Groucho Marx)

Logo Editorial Gato Malo«Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo... y por los mismos motivos.» (George Bernard Shaw)

«Si yo me hubiera dedicado a la política, ¡oh atenienses!, hubiera perecido hace mucho tiempo y no hubiese hecho ningún bien ni a vosotros ni a mí mismo.» (Sócrates)

«A los políticos les interesa la gente, lo cual no siempre es una virtud. También a las pulgas les interesan los perros.» (P.J. O’Rourke)

«Ni la vida, ni la libertad, ni la propiedad de ningún hombre está a salvo cuando el legislativo está reunido.» (Mark Twain)

«El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro gesto y desapareció la injusticia, hizo otro gesto y se acabó la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago.» (Woody Allen)

“Nunca como ahora se hizo tal ostentación del escándalo, de un mezquino escándalo recíproco. La caza de votos es un comercio tCati Wantedan vilmente degradante, tan por completo incompatible con la dignidad moral y mental, que no puedo concebir cómo una mente cultivada sea capaz de este sucio juego”. (William Godwin)

“La verdadera desesperanza no nace ante una obstinada adversidad, ni en el agotamiento de una lucha desigual. Proviene de que no se perciban más razones para luchar e, incluso, de que no se sepa si hay que luchar… Si bien la lucha es difícil, las razones para luchar, al menos, permanecen siempre claras”. (Albert Camus)

«El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan.» (Arnold Joseph Toynbee)

Imágenes 1 y 3: Editorial Gato Malo y Blog Noticias Gato Malo

sábado, 30 de agosto de 2008

Camus, el hombre rebelde

Albert CamusToda su vida Albert Camus estuvo rodeado de gatos. Mientras vivió en Argel tuvo dos a los que llamó Cali y Gula.

Cuando falleció en un accidente de tráfico en 1960, sólo tenía 46 años, pero ya había recibido el Premio Nobel de literatura y era un autor de prestigio mundial. Gracias a su temprano éxito literario con obras como "El extranjero" o "La peste", Camus se convirtió en la conciencia de la Francia de postguerra. Pero su apelación directa a la responsabilidad personal y su rechazo a las ideologías que matan en nombre de la justicia nunca han dejado de estar vigentes.

Su obra, fraguada en tiempos de crisis, certifica que Camus permanece próximo a nosotros por su integridad como escritor y el rigor de su mirada.

"Debemos servir a la justicia porque nuestra condición es injusta, contribuir a la felicidad y a la alegría porque este universo es desdichado. Por lo mismo, no debemos condenar a muerte puesto que nosotros mismos estamos condenados a muerte."

Escuchar aquí: Juliette Gréco, Sous le ciel de Paris