miércoles, 4 de septiembre de 2013
sábado, 27 de julio de 2013
miércoles, 24 de julio de 2013
Ladrones de tesoros
El que posee el oro añora el barro.
El dueño de la luz forja tinieblas.
El que adora a su dios teme a su dios.
El que no tiene dios tiembla en la noche.
Quien encontró el amor no lo buscaba.
Quien lo busca se encuentra con su sombra.
Quien trazó laberintos pide una rosa blanca.
El dueño de la rosa sueña con laberintos.
Aquel que halló el lugar piensa en marcharse.
El que no lo halló nunca
es desdichado.
Aquel que cifró el mundo con palabras
desprecia las palabras.
Quien busca las palabras que lo cifren
halla sólo palabras.
Nunca la posesión está cumplida.
Errático el deseo, el pensamiento.
Todo lo que se tiene es una niebla
y las vidas ajenas son la vida.
Nuestros tesoros son tesoros falsos.
Y somos los ladrones de tesoros.
Felipe Benítez Reyes
Imagen: Martine Roch
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miércoles, 17 de julio de 2013
Sentimientos auténticos
"Los sentimientos auténticos son extremadamente raros, y la mayoría de los seres humanos se contentan con sentimientos convencionales, que se imaginan experimentar realmente, pero que adoptan sin pensar ni un instante en poner en tela de juicio su autenticidad. Creen experimentar el amor, el deseo, la repugnancia o los celos, y viven de acuerdo con el modelo estándar de humanidad que se nos ha presentado desde la infancia. Sensaciones e ideas forman paquetitos de asociaciones más o menos arbitrarias, a las que los nombres que les damos terminan por prestarles una apariencia de realidad. La admirable máxima de La Rochefoucauld: "Hay personas que jamás se habrían enamorado si no hubieran oído nunca hablar de amor", es aplicable a muchos otros sentimientos; quizás a todos. Hace falta una mente extraordinariamente perspicaz para advertirlo. Y sería un profundo error creer que los seres menos cultos son los más espontáneos y sinceros. Lo normal, por el contrario, es que sean los menos capaces de crítica, lo que más a la merced están del modelo, los más dispuestos, por debilidad o por pereza, a adoptar sentimientos por convención, y a expresarlos con frases hechas, que les ahorran el esfuerzo de buscar otras mas precisas, para deslizarse en ellos adoptando la forma de este caparazón de alquiler."
André Gide

Fuente: Gatopardo
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martes, 16 de julio de 2013
Formas del amor
Algo maravilloso y original
Ella va a empezar a darte vergüenza.
—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?
Pasó en una fiesta, después de la presentación de un libro. Ella casi nunca va a esos sitios, pero esa noche estaba ahí, conversando con tu editor y otras personas, quizás un poco achispada (envolviendo la copa de vino con toda la mano, un hábito que antes encontrabas encantador y que, ahora, te resulta irritante, un gesto incorrecto y pretencioso), cuando alguien mencionó a Anna Karenina y ella dijo:
—¿Ana Karina? ¿Quién es Ana Karina?
No fue la primera vez. Un año antes, durante un viaje con miembros de un jurado literario, preguntó por lo bajo, aunque todos pudieron escucharla, “¿Qué quiere decir ‘retórica’?”. Después, en una cena con otros escritores, dijo que le gustaban los libros de fotografía “porque no hace falta leer”. Pero ella casi nunca va a esos sitios: cenas, viajes de trabajo, conferencias, ferias de libro.
—Andá vos, que lo disfrutás. Yo me aburro —dijo, hace ya tiempo, y eso, entonces, pareció un buen trato.
¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo?
Empezaste a ir solo mientras ella se quedaba en casa, planificando su trabajo: averiguando el precio de nuevas semillas de césped, leyendo la página del Royal Botanic Garden, proyectando los setos de un jardín. Cuando regresabas, nunca hablaban de las cosas que te habían pasado —todas esas charlas cargadas de maldad o admiración, conversaciones imbuidas de suave autocomplacencia circulando entre litros de alcohol y canapés—, sino de los asuntos de ella: un raro cactus que quería importar, un posible viaje a Brasil para comprar orquídeas. Te gustaba esa ignorancia refrescante. Nada de conversaciones sobre teoría literaria, nada de esgrima intelectual. “¿Quién es Catulo?”, preguntaba, mientras estaban recostados como dos metáforas de la serenidad sobre la cama, y había algo de tierna perversión —el morbo de educar a un indefenso— en explicarle quién era Catulo, en levantarte y buscar el libro y leer aquello de “Odio y amo. / Quizás te preguntes cómo puedo hacerlo. / No lo sé. / Pero sucede / y me atormenta”. Durante mucho tiempo fue maravilloso ver cómo Catulo y el poema (ese poema en particular, que siempre despertaba en vos la sensación de estar enviando un mensaje encriptado y veraz: “te amo pero voy a odiarte, Lesbia mía”), le importaban poco. Estaba más interesada en el gesto que hacías cuando te ponías las gafas, en la pequeña muesca que tenías junto a la boca y que le gustaba contemplar mientras leías y te sentías el rey del mundo. “Mi bestia”, le decías, le dijiste durante tantos años, durante al menos siete, cuando te gustaba sin reparos esa mujer de huesos altivos equipada con habilidades masculinas —desatapar desagües, pintar paredes, cavar kilómetros de zanjas—, y ella lo aceptaba feliz, como un elogio. “Bestia, bestia mía”.
¿Cuál es el primero de todos los terribles gestos: el que hace que el otro empiece a ser el enemigo? ¿Cómo se puede sospechar, cuando se visten los primeros fastos del amor, la ira frenética que producirá, más tarde, algo tan simple como el ruido que hace alguien al beber de una taza? Pero aún no han llegado ahí. Por ahora es solo un pequeño desastre, una progresiva degradación de la dioptría.
Una noche ella llega contenta porque una revista acaba de publicar seis páginas con fotos de su trabajo en los jardines. Dos días más tarde, tu taza de café se vuelca sobre la revista y, sin pensarlo —sin pensarlo—, la arrojás a la basura. Cuando ella vuelve a casa, encuentra la revista en el cesto y pregunta qué pasó. Decís: “Se me cayó café”. Ella no protesta, no hace un escándalo. Saca la revista con olor a basura, la pone a secar. No hay manera de saber si está ofuscada. Hay algo, en esa reacción medida y prudente, en esa preocupación por solucionar lo sucedido sin pedir explicaciones, que te ofende. Desde entonces sentís, a veces, el deseo de gritarle. Pero nunca sabés bien por qué.
Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación
Ella nunca pide ni reclama ni se acongoja: es una máquina, un ser rotundamente fuerte que sobreviviría a una hambruna, a dos sequías, a siete plagas, a 20 revistas en la basura. Es sabia. Es dura. Es fría como un hacha. Lidia con insectos minúsculos que producen estragos de proporciones absolutas y con humanos que tienen sentimientos histéricos con respecto a las enredaderas y los parterres. Sabe tratar a la gente y conoce los misterios gozosos de la naturaleza: es admirable. Pero —aunque celebra tus premios y tus traducciones— no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus conferencias; no está interesada —nunca lo estuvo— en conocer el contenido de tus libros. Durante muchos años eso fue maravilloso y original. La cópula entre el artista inútil para casi todo y la mujer capaz de trepar un volcán en las mañanas. No te importaba que no supiera qué era el estructuralismo porque, además, siempre podías explicárselo (ella te escuchaba atenta, aunque notabas, primero, el esfuerzo por entender y, después, la declinación del entusiasmo). Durante muchos años eso fue maravilloso: fue original. Y, aunque aún no ha dejado de serlo, ella ha empezado a avergonzarte. Te avergüenza que diga, en público, que se aburre con las películas “lentas”, que no le gustan los libros “que no terminan bien”. Pero por la noche, cuando se meten en la cama, su cuerpo todavía te resulta emocionante. Y en las últimas horas de la tarde el sonido de sus llaves en la cerradura es, todavía, el sonido de la felicidad.
Si ella sospechara de tus sentimientos te abandonaría de inmediato. Porque tiene el orgullo de un guerrero y porque su amor es un hecho concreto, como un pan recién sacado del horno: algo que no necesita explicación. Todo continúa, entonces, un poco más. Porque en verdad, salvo cuando hay otras personas, no te importa que ella no sepa quién es Soren Kierkegaard. Y siempre te hace feliz saber que está en algún sitio de la ciudad o de la casa, envuelta en el aroma picante del césped y del insecticida. Tiene una forma de decirte “Todo va a estar bien” —-y de tocarte el pecho con la palma abierta— que te produce esperanza y paz. Su olor es el olor de las mejores cosas. Pero en las noches en las que no podés dormir, cuando ella es apenas una respiración en tu costado, pensás que el único final posible es la catástrofe. Como si ella fuera un hermoso ser de otro planeta que, expuesto a la atmósfera malsana de un sistema nuevo, tuviera que, necesariamente, sucumbir.
Leila Guerriero
Fotografía: Emmet Gowin
Fuente: elpaís
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viernes, 24 de mayo de 2013
El poema perfecto
MIEDO
Raymond Carver
Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.
Fotografía de Bob Adelman
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jueves, 23 de mayo de 2013
Que no pare la música
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domingo, 12 de mayo de 2013
Adiós a Constantino Romero
Por cortesía de Noemí, aquí os dejo un enlace al programa de BTV, Banda Sonora, donde este gran profesional habló de su vida: Banda Sonora
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domingo, 28 de abril de 2013
No te preocupes por...
Carta de Francis Scott Fitzgerald a su hija Frances. El escritor se la envía a su hija al campamento de verano en Marylnad el 8 de agosto de 1933.
“Tesoro: Me importa muchísimo que cumplas con tus obligaciones. ¿Querrás enviarme un poco más de documentación sobre tus clases de francés? Me alegra que estés feliz, aunque nunca he creído demasiado en la felicidad. Tampoco he creído nunca en la tristeza. Son cosas que ves sobre un escenario o en la pantalla o en las páginas impresas; nunca te ocurren realmente en la vida.
En la vida, sólo creo en las recompensas por la virtud (según el talento que uno tenga) y en los castigos por no cumplir con tus obligaciones, que sin duda se pagan caros. Si tienen el libro en la biblioteca del campamento, ¿le pedirás a la señora Tyson que te deje echar un vistazo a un soneto de Shakespeare donde se lee el verso «El lirio que se pudre huele peor que la maleza»?
Hoy no he tenido ningún pensamiento, es como si la vida consistiera solamente en armar cuentos para el Saturday Evening Post. Pienso en ti, y siempre de buen grado, pero si vuelves a llamarme "Papaíto", sacaré a pasear el Gato Blanco y le daré una zurra en el trasero, fuerte, seis veces por cada vez que seas impertinente.
¿Te hará reaccionar?
Yo me ocupo de la factura del campamento.
Como un idiota, voy concluyendo.
Cosas de las que preocuparse:
Preocúpate del coraje.
Preocúpate de la higiene.
Preocúpate de la eficiencia.
Preocúpate de la equitación.
Cosas de las que no preocuparse:
No te preocupes por la opinión de los demás.
No te preocupes por las muñecas.
No te preocupes por el pasado.
No te preocupes por el futuro.
No te preocupes por hacerte mayor.
No te preocupes por que alguien te supere.
No te preocupes por el triunfo.
No te preocupes por el fracaso, a menos que sea culpa tuya.
No te preocupes por los mosquitos.
No te preocupes por las moscas.
No te preocupes por los insectos en general.
No te preocupes por los padres.
No te preocupes por los chicos.
No te preocupes por las desilusiones.
No te preocupes por los placeres.
No te preocupes por las satisfacciones.
Cosas en las que pensar:
¿A qué aspiro realmente?
Si me comparo a mis coetáneos, soy realmente buena con respecto a:
a) El rendimiento académico.
b) ¿Entiendo realmente a las personas y soy capaz de llevarme bien con ellas?
c) ¿Procuro hacer de mi cuerpo un instrumento útil o lo estoy descuidando?
Con todo mi amor, Papi
Fuente: elpaís
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