jueves, 7 de octubre de 2010

Miguel Ángel Velasco



Creo en las señales. Ayer, “casualmente” leí una necrológica en El País, la de Miguel Ángel Velasco, un poeta del que, hasta este momento, no había oído hablar. Reseñan el arranque de uno de sus poemas, llamado “La alegría”, que aquí os dejo, junto con otro titulado “Las garzas”. No hay mucha información en Internet sobre el poeta que, en palabras de Agustín García Calvo, tuvo la humildad de acordarse “de que los versos tenían que empezar por sonar a los oídos, por más escritos que quedaran para los ojos, y de volver a aprender las olvidadas artes del ritmo de lenguaje”. Me ha gustado mucho, seguiré buscando...

Diré de la alegría, aunque regresenMiguel Ángel Velasco
esas noches sin fe en las que apuramos
un vino de rencor; aquellas horas
de hosco abatimiento en que uno envidia
la vida de las bestias. A pesar
de la anciana palabra, no hecha acaso
para decir la dicha. Aunque después
la traicionemos siempre. Aunque al final
siempre haya que pagarla: no se es
feliz impunemente.

Las garzas
Para Angelika


Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mi partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.